Neruda (2016)

Esta no es la primera película sobre el poeta chileno ganador del Nobel, pero si es una de las más interesantes. La premisa es simple: Trata del periodo cuando Neruda estuvo fugitivo en su propio país, perseguido por un régimen anticomunista, antes de huir hacia el extranjero para iniciar un exilio de varios años. En el proceso, un detective interpretado por Gael García le sigue la pista.

El director, Pablo Larraín, tiene también otros títulos como No (2012) y Jackie (2016), donde muestra también interés por la política. Ya que, a pesar de que el sujeto de Neruda es un poeta, el filme se centra casi exclusivamente en el aspecto político del mismo, quien fue senador de la república. Este aspecto es muy importante y de acertado trato. Es difícil hablar de poesía en cine, es difícil hablarla y difícil representarla visualmente. Por lo tanto, esta película tiene poca, y los versos recitados son los más conocidos del poeta. Desde este punto de vista, no hay sorpresas.

Pero los diálogos son excepcionales. Especialmente aquellos que ocurren en recintos gubernamentales y con el presidente chileno. El conflicto, la contradicción de Neruda de ser un comunista casi burgués, está perfectamente retratado. Larraín nos muestra un poeta con muchísimos defectos y debilidades. Muy inteligente, pero a final de cuentas demasiado humano.

La fotografía es notable. Los tonos son azulados y casi morados, como si fuera un filme deteriorado por los años y cuyo color ha decaído porque durante el proceso de revelado no se le dejó suficiente tiempo dentro del fijador. Sin embargo, parece ser filmada en digital, y las escenas nocturnas y con poca luz poseen elementos distractores en las áreas sombreadas. Pareciera que la imagen está muy comprimida o que las cámaras no estaban hechas para grabar con tan poca luz. Sin embargo, es una falta menor y no distrae demasiado.

La iluminación frecuentemnente entra al lente, creando destellos obviamente intencionales. Los personajes muchas veces se encuentran silueteados debido a la intensa iluminación del fondo, con tonos azulados como ya mencioné. Todo esto, y algunas decisiones, le dan al mundo retratado un aspecto irreal. Todas las escenas dentro de automóviles están grabadas con una obvia retroproyección, como en película de los años cuarenta.

Larraín no busca la realidad: Ni en la fotografía, ni en el decorado ni en los personajes. Busca la ficción. Esto es obvio y debería ser tomado en cuenta por aquellos críticos que han alegado las inexactitudes históricas de la cinta.

A final de cuentas, el objetivo es retratar el conflicto entre dos personajes: Un perseguido y otro perseguidor. El personaje de Gael, el detective Óscar Peluchonneau, existió en la vida real pero es obvio que se tomaron muchas licencias con él. La misma cinta nos pone en duda si lo que estamos presenciando sucedió o son invenciones.

Esta es una cinta diferente, atrevida, inusual y original. Nos presenta un fragmento ficcionalizado de la historia, es un homenaje a un poeta, al cine detectivesco y a la lucha por la justicia en este mundo. La recomiendo mucho.

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